Entre las reliquias más envueltas en leyenda de la cristiandad está la Lanza de Longinos —también llamada Lanza Sagrada o Lanza del Destino—, con la que, según el Evangelio de San Juan, un centurión romano traspasó el costado de Cristo en la cruz para confirmar su muerte. Desde la Edad Media circula una leyenda que le atribuye un poder casi absoluto: quien la posea y comprenda su significado sostendría, según el mito, el destino del mundo en sus manos.

Esa leyenda tuvo un episodio oscuro en el siglo XX. La reliquia identificada como la Lanza Sagrada se exhibía en el museo Hofburg de Viena, y diversas fuentes señalan que el régimen nazi —fascinado por el ocultismo y las reliquias de poder— mostró un interés particular en ella tras la anexión de Austria en 1938. La popularización de esta historia se debe en buena medida al libro The Spear of Destiny (1972), de Trevor Ravenscroft, una obra de carácter esotérico y no un estudio histórico, que construyó buena parte del mito que hoy se repite sobre el supuesto poder sobrenatural de la lanza y su relación con la propaganda del régimen.

Conviene distinguir la leyenda de la historia: no existe evidencia seria de que la lanza otorgara poder alguno, y reducir los crímenes del nazismo a una fábula esotérica corre el riesgo de minimizar una responsabilidad histórica y moral que fue enteramente humana. Lo que sí es un hecho documentado es que la pieza vienesa, junto con otras insignias imperiales, fue trasladada a Núremberg durante la guerra y devuelta a Austria por el ejército de Estados Unidos al finalizar el conflicto, donde permanece expuesta hasta hoy.

Existen además otras lanzas que a lo largo de los siglos han reclamado ser la auténtica reliquia —en Roma, en Armenia, en Constantinopla—, lo que es habitual en objetos de devoción de dos mil años de antigüedad y múltiples tradiciones cristianas. Sea cual sea su origen exacto, la Iglesia conserva y venera estas reliquias no por un supuesto poder mágico, sino como recordatorio de la Pasión de Cristo. Que permanezcan bajo custodia eclesiástica, lejos de quienes quisieran instrumentalizarlas, es motivo de oración más que de temor.