Las piedras preciosas se han apreciado siempre por su color, su brillo y su rareza, y las Escrituras dan testimonio de ello: desde tiempos muy tempranos se usaron en anillos, brazaletes y collares, y adornaron las coronas de los reyes y las vestiduras de sacerdotes y oficiales. Más allá de lo ornamental, la Biblia recurre una y otra vez a las piedras preciosas como símbolo, y recorrer esas referencias es también recorrer algunos de los pasajes más significativos de la fe cristiana.

El pectoral de los sacerdotes

El libro del Éxodo describe con detalle el pectoral que debían portar los sacerdotes de Israel, engastado con doce piedras dispuestas en cuatro hileras, una por cada una de las doce tribus: «Lo llenarás con cuatro hileras de piedras: una hilera de cornalina, topacio y esmeralda; la segunda hilera de carbunclo, zafiro y berilo; la tercera hilera de jacinto, ágata y amatista; y la cuarta hilera de crisólito, ónice y jaspe […] Las piedras corresponderán a los nombres de los hijos de Israel, doce, según sus nombres» (Éxodo 28:15-21).

La piedra angular

El profeta Isaías anuncia que Dios pondría en Sion una piedra angular como fundamento de su pueblo: «He aquí que yo pongo por fundamento en Sion una piedra escogida, angular, preciosa, de cimiento estable; el que crea no será conmovido» (Isaías 28:16). La tradición cristiana lee este pasaje como una profecía que se cumple en Cristo.

Jesús y Pedro, la roca de la Iglesia

En el Evangelio de Mateo, Jesús toma esa misma imagen para fundar su Iglesia sobre Pedro: «Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18).

La piedra viva

El apóstol Pedro retoma la misma metáfora para describir a los propios cristianos: «Acercándoos a él, piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual» (1 Pedro 2:4-5).

La Jerusalén celestial

El libro del Apocalipsis cierra la Biblia con la visión de la nueva Jerusalén, cuyos cimientos están adornados con doce piedras preciosas —una por cada apóstol— y cuyas puertas son de perla (Apocalipsis 21):

1. Jaspe · 2. Zafiro · 3. Ágata · 4. Esmeralda · 5. Ónice · 6. Cornalina · 7. Crisólito · 8. Berilo · 9. Topacio · 10. Crisoprasa · 11. Jacinto · 12. Amatista

Un símbolo que atraviesa la historia

La fascinación humana por estas piedras trasciende lo bíblico: se cuentan entre sus admiradores al rey Salomón, la reina de Saba, los faraones egipcios y, siglos más tarde, casas reales como la británica y la rusa, célebres por sus colecciones de diamantes en tiempos de Catalina la Grande —a quien la tradición atribuye la frase, nunca confirmada con certeza, de que «quien posea el diamante más grande será algún día la nación líder del mundo»—. Desde la Antigüedad hasta hoy, estas piedras han sido leídas como un reflejo de luz que conecta lo terreno con lo trascendente.